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José Saramago nació en Azinhaga, Portugal, en 1922, y murió el 18 de junio de 2010. Su apellido Saramago viene de un error en el registro civil, al imponérsele debido al apodo con el que era conocida la familia de su padre: “saramago”, una hierba que en épocas de dificultades constituía casi el único alimento entre las familias desvalidas.
Es así como comienza, incluso con su nombre, la sugestiva historia de este personaje de la literatura universal, destinada a alcanzar interesantes proporciones. Hace unos días se recordó el fallecimiento del autor de una numerosa bibliografía que, desde temprana edad, decidió que no valía la pena publicar algo que no funcionara.
Desde temprana edad se vio fascinado por la literatura, pero hubo primero que atender las necesidades básicas de la familia. No siguió el bachillerato; asistió a un curso de formación técnica profesional, donde, se sorprendió, había clases de literatura y de francés. Posteriormente, se desempeñó como cerrajero en un taller de reparación de automóviles.
La ruta de su vida, sin embargo, estaba planeada en otro sentido: la literatura. Comenzó a traducir, escribir y publicar. Saramago tradujo a escritores como Maupassant, André Bonnard, Baudelaire y Tolstói, una actividad que comenzó en 1955 y que continuó hasta 1981. También fue crítico literario y viajó por varios países a lo largo de su vida.
Su vasta obra destaca la dignificación del ser humano. Él mismo lo explica en su autobiografía: “Viajé por los cinco continentes, impartiendo conferencias, obteniendo títulos académicos, participando en reuniones y congresos tanto de carácter literario, social y político, pero, sobre todo, participé en acciones que demandan la dignificación del ser humano y el cumplimiento de la Declaración de Derechos Humanos mediante la consecución de una sociedad más justa, donde la persona sea la prioridad absoluta, y no el oficio o las luchas por el poder hegemónico, siempre destructivo”.
Ello aparece planteado precisamente en esos términos en “La Caverna”. Aquí, a un alfarero, Cipriano, y a su familia, el mercado les obliga a dejar de producir sus piezas, pues es el plástico el que lo domina todo y lo sustituye. La obra nos muestra cómo el hombre puede ser engullido por el sistema y por el poder, pero si la decisión personal es huir, lo hacen con valentía pese a la incertidumbre del futuro que les espera.
Entre los viajes que realizó Saramago, uno de ellos estuvo destinado a conocer su patria chica y produjo el espléndido libro “Viaje a Portugal”: una introspección de su país, donde va retratando, haciendo una crónica disfrutable de las personas que lo habitan, la historia de sus lugares y la arquitectura.
Cuando pasa por Coimbra, se define como “un viajero, un hombre que pasa, un hombre que al pasar miró, y en ese rápido pasar y mirar, que es superficie sólo, tiene que encontrar recuerdos de las corrientes profundas”.
En su obra podemos sentir de lo que habla cuando se refiere a esas corrientes profundas. Se anda con él a través de caminos sugestivos. Aquellos deslumbrantes; otros, profundamente devotos; y algunos más dulces, tristes o melancólicos.
En estos húmedos días por nuestras tierras, dejamos al lector estas líneas suyas, de “Viaje a Portugal”, para recordar al escritor Saramago, a 16 años de su fallecimiento:
“Ha llovido. Al caer la tarde se abrieron los diluvios del cielo. Pero este viajero no es hombre que se arredre al primer chaparrón, ni al segundo, ni al tercero, que varios lleva ya contados en su andar. Son resistencias campestres que le quedaron de la infancia y de la adolescencia, cuando maravillado, no distinguía el sol de la lluvia, y ambos de la luz de la luna, y todos del vuelo del milano”.