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NosotrAs: Volver al cuerpo

2 months ago 21

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Nos enseñaron a mirarnos mucho antes de enseñarnos a habitarnos.

Desde niñas aprendimos que el cuerpo era algo que debía corregirse: como sentarnos, como caminar, como reír, como vestirnos e incluso cuánto espacio podíamos ocupar. Crecimos frente al espejo intentando cumplir expectativas, pero pocas veces nos preguntamos cómo se sentía vivir dentro de ese reflejo.

Con los años dejamos de escuchar al cuerpo y aprendimos a responder primero a las exigencias del mundo que a nuestras propias necesidades. Normalizamos el cansancio, el insomnio, la ansiedad, las respiraciones cortas y la tensión constante, llamándolo simplemente “estrés”, sin darnos cuenta que día a día nos alejamos de nosotras mismas.

Y entonces apareció el baile.

No como un escenario ni como una competencia, mucho menos como un intento de hacerlo perfecto, al contrario, llegó como una oportunidad para regresar.

La primera vez que bailé sin preocuparme por cómo me veía entendí que llevaba demasiado tiempo observándome desde los ojos de otras personas, había aprendido a juzgar cada movimiento antes de sentirlo, y al hacer conciencia me di cuenta que conocía mejor mis inseguridades que el ritmo de mi propia respiración.

Cuando dejé de bailar para ser vista y empecé a bailar para escucharme, todo cambió. Cada paso se convirtió en un diálogo, los pies encontrando la tierra, las manos dejando de pedir permiso para existir, la espalda soltando tensiones que llevaba años cargando, y tras cada paso, el cuerpo me recordó que nunca se había ido; era yo quien había dejado de habitarlo.

Porque el cuerpo tiene memoria. Recuerda el miedo, las veces que se hizo pequeño para no incomodar y las ocasiones en que creyó que debía ser más perfecto para merecer un lugar, pero también recuerda el instante en que una mujer decide reconciliarse con él.

Vivimos en una sociedad que nos enseña cómo debe verse un cuerpo femenino, pero casi nunca se aborda el tema de cómo se siente vivir dentro de él. Nos educan para administrarlo, embellecerlo y protegerlo, rara vez para escucharlo.

Por eso creo que bailar también es un acto de libertad y amor propio.

Cuando una mujer se mueve desde el disfrute y no desde la aprobación, recupera un territorio que durante mucho tiempo otros intentaron definir. Cada movimiento afirma que nuestro cuerpo existe para ser vivido antes que observado.

No todas volveremos al cuerpo de la misma manera, algunas lo harán escribiendo, respirando, abrazando, otras más lo harán caminando, cocinando o dibujando, pero siempre con el mismo fin, conectar y sanar. Yo encontré ese camino en el baile y descubrí que no era el movimiento lo que me transformaba, sino el permiso: ocupar espacio sin disculparme, sentir sin justificarme y existir sin preguntarme constantemente cómo me estaban mirando.

Quizá volver al cuerpo sea una de las formas más profundas de volver a una misma, porque el cuerpo nunca nos abandona; somos nosotras quienes, muchas veces para sobrevivir, aprendemos a irnos de él. Y tal vez la libertad comience exactamente ahí: el día en que decidimos regresar.

Mujer emprendedora, coach certificada de Latina y creadora de espacios donde el movimiento, la comunidad y el bienestar se encuentran. A través de Paréntesis, Merci y Root 2 Rise impulsa experiencias que invitan a conectar con una misma y con los demás. Cree en el cuerpo como un territorio de memoria, libertad y transformación, y en el baile como un lenguaje que expresa aquello que, muchas veces, las palabras no logran decir.

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