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En la historia de México, la alianza tlaxcalteca con los españoles durante la conquista y colonización de la Nueva España ha sido motivo de fuertes controversias. Por un lado, algunos sectores han visto la participación de los tlaxcaltecas como un apoyo a la crueldad de los invasores en el sometimiento de los conquistados.
Afortunadamente, a la vuelta del tiempo se ha visto con otros ojos su intervención en la colonización del norte novohispano y se ha juzgado como una contribución importante, no sólo en la conquista, sino en el florecimiento y consolidación de algunas ciudades norteñas como Saltillo, por ejemplo. Sin los tlaxcaltecas, probablemente esta capital no sería lo que es hoy; quizás ni siquiera existiría como ciudad, pues creció y se desarrolló gracias a la aportación y apoyo de aquellos aliados. Su legado cultural y gastronómico aún persiste en la ciudad.
La historia es conocida. Los tlaxcaltecas fueron traídos a Saltillo por los españoles hace ya 435 años. El comisionado para hacerlo fue el capitán Francisco de Urdiñola, y él mismo fundó, el 13 de septiembre de 1591, el pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala, asignando a cada quien un solar para vivienda y huerta, en las tierras cedidas por los españoles al poniente de su villa, a cambio de su apoyo en la defensa de la villa y su aportación al fortalecimiento de su población. Los grupos de indios nómadas de la región, principalmente los borrados, reclamaban sus territorios.
Gracias al carácter de los tlaxcaltecas, la villa del Saltillo, que estuvo a punto de desaparecer antes de su llegada, logró sobrevivir. Todavía hoy perviven en su imagen y personalidad rasgos del arte y la cultura de este pueblo; la nomenclatura actual del poniente de la ciudad, donde fueron asentados, aún conserva algunos nombres tlaxcaltecas, como Xicoténcatl, Moctezuma, Cuauhtémoc, Mixcoac y Mixcalco.
Los “tecos”, nombre un tanto despectivo y afortunadamente ya en desuso, vivieron en su pueblo de San Esteban alrededor de 250 años en buena vecindad con Saltillo, con pequeñas rencillas provocadas sobre todo entre los jóvenes de uno y otro asentamiento. La paz y el orden eran mantenidos por las propias autoridades tlaxcaltecas, quienes velaban por el cumplimiento de las capitulaciones firmadas con el virrey, en las que habían asentado sus compromisos y obligaciones, y las leyes que los regían. Su laboriosidad y dedicación le permitieron a la comunidad crecer rápidamente, lo cual trajo grandes beneficios económicos a la vecina villa del Saltillo.
El legado de ese pueblo pervive en la cultura, el arte y la identidad de esta ciudad, formada con el amasijo del pueblo tlaxcalteca de San Esteban y la villa española del Saltillo. En la cocina mexicana, las tortillas y las gorditas de maíz, los chicales, el esquite, el atole de masa, los tamales, el mole y el pipián provienen de la colonización tlaxcalteca.
En lo regional, la cocina saltillense conserva reminiscencias de esa herencia pura en las típicas enchiladas, la calabacita con elote, la cajeta de membrillo, las frutas cristalizadas. El pan de pulque, una de las más sólidas tradiciones saltillenses, nació de una perfecta simbiosis de las cocinas europea y tlaxcalteca.
En el aspecto agrícola, los aliados de los españoles propiciaron una amplia producción de frutales, cereales y legumbres. En la construcción, muchos de los templos existentes en el noreste fueron erigidos con mano de obra y técnica tlaxcaltecas; asimismo, su destreza en el tallado y la pintura de la madera extendió su herencia a las imágenes de sus altares y de las casas particulares. Su dominio de las técnicas de la cerámica horneada, utilizando los yacimientos de barro de la región, dejó huella en bellas fachadas de ladrillo y en los antiguos pisos de barro de múltiples viviendas del centro.
Por otro lado, sus notables habilidades como tejedores nos legaron las frazadas y cobijas de lana, así como el sarape de Saltillo: “los saltillos”, los llaman los tejedores, refiriéndose a la técnica y estilo de esos símbolos emblemáticos de la mexicanidad.
Nadie puede negar que las pastorelas regionales y la danza de los matachines, así llamados aquí, y tan diferentes de las danzas del centro y sur del país, llevan en su esencia la impronta tlaxcalteca.