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NosotrAs y las infancias: Las niñas del mañana

2 months ago 14

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Hay una niña de ocho años que juega en la casa de mi vecina. La conozco desde que nació. Tiene el pelo chino, ríe fuerte y ya sabe exactamente lo que quiere. Cuando la miro, no puedo evitar preguntarme qué mundo le estamos dejando.

No es una pregunta nueva. Pero hoy se siente más urgente que nunca.

Empecemos por lo de todos los días. El niño que le pone apodo al que es diferente en el salón. La señora que se mete a la fila del banco porque “solo es un momento”. El conductor que se pasa el semáforo en rojo porque su prisa vale más que las reglas. La discusión en redes donde nadie escucha, todos gritan y el que piensa distinto es automáticamente el enemigo.

Son cosas pequeñas. O eso creemos.

Hay un hilo que conecta al niño que intimida en el recreo con el adulto que maneja como si la calle fuera suya, y a ese adulto con la sociedad que lleva años practicando, en silencio y en voz alta, que yo tengo razón y tú estás equivocado. Que mis necesidades son urgentes y las tuyas pueden esperar. Que el otro no es una persona, es un obstáculo.

En México ese hilo se ha vuelto una soga. Lo que está pasando con la escalada de violencia, con territorios bajo el control del crimen organizado, con comunidades que viven con miedo de cruzar ciertos kilómetros de carretera, no cayó del cielo. Se construyó ladrillo a ladrillo, con años de impunidad y de una cultura que aprendió que las reglas son para los tontos y que la fuerza — económica, política o armada — es lo único que funciona.

Cuando una sociedad pierde la capacidad de ponerse de acuerdo en lo básico, cuando ya no hay valores compartidos ni identidad colectiva que nos una más allá del equipo de futbol o del partido político, quedamos expuestos. Expuestos a los que nos ofrecen certeza a cambio de odio. A los que nos explican que todos nuestros problemas tienen un culpable y que la solución es eliminarlo.

Ese mecanismo no tiene ideología. Funciona igual en la derecha y en la izquierda, en el norte y en el sur. Y hoy lo vemos operar a escala global. Las tensiones entre potencias, las guerras que se expanden, las alianzas que se rompen, no son accidentes de la geopolítica. Son el resultado final de sociedades que fueron perdiendo, generación tras generación, la capacidad de reconocer al otro como legítimo.

Las guerras no empiezan de la nada. Empiezan en el recreo.

Por eso este 8 de marzo quiero hablar de las niñas del mañana. No como símbolo, sino como personas concretas. La hija de mi vecina. La de mis amigas. La de mi colega. La de mi colaboradora. La de mi prima. Mis hijas. Todas creciendo en el mismo sistema, respirando el mismo aire de polarización, aprendiendo sin que nadie se los proponga que el mundo se divide en los que tienen razón y los que están equivocados.

Una niña que no sabe quién es, que no tiene un sentido de pertenencia sano, que nunca aprendió a debatir sin destruir al otro, puede ser reclutada mañana por cualquier narrativa que le dé certeza. El vacío siempre encuentra quién lo llene.

El feminismo que me importa empieza ahí. No en la consigna, sino en la conversación de la mesa. En enseñarles a dudar, a preguntar, a sostener sus ideas con argumentos y a escuchar las del otro sin necesidad de aniquilarlo. En mostrarles que se puede discrepar sin odiar. Que la tribu que necesitamos no es la de las que piensan igual, sino la de las dispuestas a construir juntas aunque vengan de historias distintas.

Porque al final, el mundo que heredarán estas niñas no lo construyen los presidentes ni los algoritmos.

Lo construimos nosotras. Una conversación a la vez. Una Ciudadanita a la vez.

Columnista de Vanguardia desde el año 2019. A través de sus letras ha expuesto durante ocho años y alzado la voz por las mujeres de Coahuila.

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