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La piedra de Rosetta

2 days ago 1

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La traducción ha existido desde que el hombre ha utilizado la palabra hablada. Se trata de una actividad que ha desempeñado un papel vital en la historia de la humanidad, cuya práctica se remonta a épocas anteriores a la antigua Grecia, Persia y Roma, imperios que necesitaban entenderse con los habitantes de sus territorios conquistados. Lo mismo ocurrió con los españoles, quienes utilizaban intérpretes para comunicarse con los indígenas de casi toda América Latina.

En México, nuestra intérprete más famosa fue “La Malinche”, mujer que se cree sirvió a Hernán Cortés más allá de sólo traducir del náhuatl a la lengua de Castilla.

Muchas de las traducciones antiguas fueron de naturaleza religiosa. Una de las más conocidas es la Septuaginta, la adaptación de la Biblia hebrea al griego. La historia refiere que 72 eruditos judíos, seis por cada una de las doce tribus de Israel, fueron comisionados por Ptolomeo II, rey griego de Egipto, para traducir el Pentateuco o Torá (como la llaman los judíos), que para nosotros, los de a pie, equivale al inicio del Antiguo Testamento, el cual incluye los libros del Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio.

Pero como decía el escritor y filósofo italiano Umberto Eco, la traducción es el arte del fracaso. Se cree que uno de ellos ocurrió al traducir “mujer joven” en hebreo por el término griego “virgen”. Esta diferencia cambió la historia por completo, pues la profecía sobre la llegada del Mesías para liberar al pueblo de Israel terminó afirmando que una “virgen” daría a luz a un niño. Esto significaría un milagro, algo reservado sólo para Dios y, por lo tanto, quien naciera de ella sería el hijo de Dios.

Sucedió igual con la versión de la Biblia latina estándar, a cargo de san Jerónimo, considerada por algunos expertos como el error de traducción más grave, pero también el más exitoso de la historia. Otra adaptación polémica fue la de Martín Lutero, quien, al traducir el texto al alemán, dejó fuera, por decisión propia, varios de sus libros. Esto significó el cisma más grande que ha tenido la Iglesia católica: la Reforma protestante.

Los traductores han sido claves para difundir la literatura, la poesía y el conocimiento científico. El poeta romano Livio Andrónico tradujo “La Odisea” de Homero del griego al latín; Chaucer vertió al inglés las obras de Virgilio y Ovidio, mientras que Goethe llevó al alemán las de Voltaire, Shakespeare y Homero, mientras que Jorge Luis Borges adaptó al español las de Oscar Wilde, Kafka, H.G. Wells, Edgar Allan Poe, Faulkner, Hesse, Kipling, Virginia Woolf y André Gide.

Pero una de las evidencias más trascendentales en la historia de la traducción es la piedra de Rosetta, uno de los grandes descubrimientos de la arqueología. La pieza fue encontrada por un soldado de Napoleón en el delta del Nilo el 15 de julio de 1799. Debido a su importancia, se envió a Alejandría y, cuando Inglaterra derrotó a los franceses en Egipto, el gobierno de su “majestad” encontró un hogar permanente para ella en el Museo Británico en Londres.

La piedra de Rosetta es una pieza de color gris y rosado que data del año 196 antes de la era actual, que contiene un decreto del rey Ptolomeo V de Egipto. El mensaje está grabado en tres escrituras: jeroglífica, demótica y griega. El texto jeroglífico tiene 14 líneas; el demótico, 32; y el griego, 54. Los jeroglíficos constituían el sistema usado por los sacerdotes egipcios; el guion demótico era la lengua común y el griego se empleaba con fines administrativos.

Gracias al trabajo de lingüistas y arqueólogos, esta piedra se convirtió en una herramienta para descifrar jeroglíficos egipcios antiguos, lo que permitió traducir una cantidad innumerable de escrituras e inscripciones grabadas en muros de todo el reino de los antiguos faraones.

Hace muchos, pero muchos años, yo tuve la piedra de Rosetta ante mis ojos. Fue durante una visita a Londres en compañía de Juan Pablo Dávila, saltillense y admirado amigo que trabaja para la Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial (ONUDI), que tiene su sede en Viena. Al verla, entendí que estaba ante el monumento que representaba la comunicación entre idiomas a través de la distancia y del tiempo, un sinónimo de cómo acortar la brecha para expandir el conocimiento.

@marcosduranf

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