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Fama bajo vigilancia: el nuevo precio de ser una celebridad en la era digital

8 hours ago 1

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Hoy en día, la fama va mucho más allá de regalar una sonrisa perfecta frente a los flashes de la alfombra roja. Nos encontramos en un ecosistema dominado por los algoritmos, la inteligencia artificial y una presión mediática sin precedentes que ha hecho saltar por los aires los viejos manuales de Hollywood.

En este escenario, los asesores de imagen se dedican a diseñar realidades paralelas y los hackers acosan sin tregua a las estrellas. Así, se ha establecido una atmósfera de paranoia que incluso está empujando a algunas celebridades a construir auténticas fortalezas. Bienvenidos a la nueva vida VIP.

FANDOMS: ENTRE LA DEVOCIÓN Y EL RIESGO

El vínculo que une en la actualidad a las estrellas con sus seguidores ha tomado un curioso rumbo: los clubes de fans ya no se conforman con comprar un disco o asistir a un concierto, ahora actúan como colectivos organizados con un enorme peso económico y político.

El caso de los “Swifties” (fans de Taylor Swift) es una prueba evidente de este cambio. Este grupo de seguidores no solo se ha movilizado en el marco político a través de iniciativas como “Swifties for Kamala”, sino que también ha canalizado su influencia para recaudar cientos de miles de dólares en plataformas como GoFundMe con el fin de ayudar a familias afectadas por diversas tragedias.

Esta entrega incondicional es también el pilar que sostiene a la industria del K-Pop. Un ejemplo claro lo vemos con BTS: a pesar de que sus integrantes han estado retirados temporalmente para cumplir con el servicio militar obligatorio, su comunidad de seguidores se encargado de que sigan en lo más alto, organizándose en redes para reproducir su música y adquirir su “merchandising” de manera masiva.

Sin embargo, esta pasión a veces desborda los límites y se convierte en acoso físico. Las aglomeraciones en los aeropuertos para conseguir una foto o un vídeo de sus ídolos provocan con frecuencia escenas de tensión y peligro real. Y la difusión en redes sociales de contenidos donde sus ídolos están haciendo vida cotidiana, fomentan la vulnerabilidad.

Para frenar este descontrol, figuras como V de BTS se han visto obligadas a pedir directamente a sus admiradores que recuperen iniciativas de respeto y autocontrol voluntario, como la campaña Purple Line, con el fin de garantizar la seguridad de todos en los espacios públicos.

FABRICAR REALIDADES Y BORRAR EL PASADO

En un entorno de tanta exposición, las agencias de Relaciones Públicas (PR) se encargan de construir historias a medida o de hacer desaparecer de la red los capítulos más polémicos de sus clientes. De hecho, todavía hoy se recurre a una de las estrategias más clásicas del sector: los llamados “showmances” o noviazgos artificiales.

Algunos asesores de imagen han admitido que llegan a diseñar relaciones sentimentales por contrato con una duración exacta de, por ejemplo, un año, planeadas con el único fin de desviar la atención tras el fracaso de un estreno o, simplemente, para despertar de nuevo el interés de los medios.

Y si el golpe ya es inevitable, entra en juego el “Reputation Management” (gestión de reputación). Más allá de las leyendas que circulan sobre este negocio, las agencias especializadas podrían cobrar tarifas de entre 5 mil y 20 mil dólares.

EN BUSCA DE UN BÚNKER DE PRIVACIDAD

En cuanto a la moda, la fama ya no impone la obligación de lucir impecables en todo momento, aunque saltarse el protocolo no siempre sale bien. Mientras que acudir a una gala de los premios Emmy vistiendo unos sencillos vaqueros anchos y una camiseta blanca suele despertar las críticas inmediatas de los expertos en moda, el descuido total del código de etiqueta en el día a día se celebra entre ciertos seguidores.

Un claro ejemplo es el actor Adam Sandler, a quien la revista Esquire y los usuarios de internet han coronado por su estilo cómodo, alabando sus característicos pantalones holgados de baloncesto y sus camisas XXL. Como él mismo bromeó en una rueda de prensa publicada por medios como Esquire: “Tomó un tiempo. Estuve trabajando en ese ángulo durante años y 30 años después, finalmente lo aceptaron”.

Sin embargo, cuando la ropa cómoda y las aplicaciones exclusivas resultan insuficientes para proteger la intimidad, la paranoia se impone. Las vallas altas ya no bastan.

Hoy en día, magnates del entretenimiento y de la tecnología, de la talla de Post Malone o Mark Zuckerberg, invierten sumas astronómicas en la construcción de búnkeres de supervivencia subterráneos y ciudadelas privadas en rincones apartados del mapa. (Con información de EFE)

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