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El pecado tiene su origen en las contradicciones e incongruencias de los fundadores del marxismo; Carlos Marx y Federico Engels. Este último nació en el seno de una familia burguesa en Alemania, pasó gran parte de su vida en Inglaterra manejando los negocios de su padre en la industria textil, por lo que se estableció en Manchester y en Londres.
Engels, apegado a los rituales de la aristocracia inglesa, practicó el “fox hunting”, montando a caballo, ataviado con sombrero, chaleco rojo, pantalones blancos y brillantes botas negras. Carlos Marx fue hijo de un destacado abogado de origen judío, asistió a las mejores escuelas y universidades, se casó con una dama perteneciente a la clase alta, y su cuñado se desempeñó en el gobierno alemán en la policía secreta. Marx nunca fue rico y, para mantener a su familia, recurrió a la ayuda de Engels.
Otro dato interesante: los dos fundadores del materialismo dialéctico nunca estuvieron en las barricadas. Algo común en ellos fue su alta preparación y capacidad intelectual; dedicaron horas a cultivar su inteligencia y fueron poseedores de una vasta cultura, algo que no caracteriza a los nuevos ricos de la 4T, quienes muestran graves limitaciones en su formación profesional y cultural. El sociólogo y economista norteamericano Thorstein Veblen publicó en 1899 su obra principal: “Teoría de la clase ociosa”, en la cual acuñó el concepto del consumo ostensible, que se refiere a la ostentación que hacen las clases altas de su riqueza como símbolo de estatus; o sea, que no basta ser rico: hay que mostrarlo a los demás.
A diferencia de Marx y Engels, que poseyeron una sólida formación intelectual y cultural, los “izquierdistas” champañeros acusan un limitado bagaje en estos rubros; son ignorantes, tienen un pésimo gusto, parecen resentidos y acomplejados, siendo su aspiración imitar a los ricos que tanto odian. Sospecho que los políticos de la 4T no han leído sobre el materialismo histórico, ni “El Manifiesto Comunista”, y mucho menos los tres tomos completos de “El capital”; en cambio, conocen a fondo los destinos turísticos más emblemáticos del imperio, así como marcas finas de joyas, relojes millonarios, bolsas de diseñador, zapatos exquisitos, vinos de más de 20 mil pesos la botella. Algunos, para darse una barnizadita, compran arte de altos precios; otros son dueños de apartamentos en las zonas más exclusivas de Nueva York, o tienen casas con yate a la puerta, y no faltan los que viajan en aviones privados o en primera clase. No son ni la sombra de José Revueltas, Valentín Campa o Heberto Castillo.
Esto sucede en todos los niveles, desde secretarios de Estado, pasando por legisladores, gobernadores y alcaldes. Figuran, entre otros: Marcelo Ebrard, quien vivió de sus rentas a todo lujo en París durante varios años, cuando el colapso del Metro; Mario Delgado, que cometió un inocente “error” de dedo al declarar que un departamento de su propiedad valía 1.5 millones de pesos, siendo que su valor real era de 15 millones, o el señor Octavio Romero, quien evitó dar a conocer su declaración patrimonial, habiendo sido obligado por la presidenta a hacerlo, revelando graves inconsistencias.
Tenemos también al director de Birmex, muy cercano a la señora Sheinbaum; Carlos Ulloa, comprando apartamentos al contado, o legisladores como César Augusto López, Pedro Haces, Ricardo Monreal, por citar unos ejemplos. Desfilan también Marina del Pilar Ávila, Rocío Nahle y Mara Lezama, para seguir con Rubén Rocha, Américo Villarreal y Cuauhtémoc Blanco, que dejó un tiradero en la seguridad de Morelos, donde fluyen como su sangriento legado los feminicidios, sin olvidar a los juniors del bienestar. La lista es enorme y el espacio no alcanza para nombrarlos a todos, quienes mandaron al basurero de la historia las carteras con 200 pesos y el par de zapatos. A los ricos de la 4T les va bien el refrán que reza: “Aunque la mona se vista de seda, mona se queda”.