Por Arvind Subramanian, Project Syndicate
WASHINGTON, DC- En el largo transcurso de la historia, el desempeño económico de China durante los últimos 50 años destacará sin duda por la magnitud y el ritmo de las mejoras en la calidad de vida dentro de ese país. Sin embargo, el impacto de China en el resto del mundo sigue sin valorarse en su justa medida.
Es cierto que, si la mirada retrospectiva se limitara a las crisis globales del periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial, algunas de las más determinantes serían los embargos petroleros de la década de 1970, que provocaron una ralentización importante y permanente de la productividad en las economías avanzadas; y la crisis financiera de 2008, que frenó en seco la globalización y puso en tela de juicio el modelo estadounidense de capitalismo dominado por las finanzas. Las políticas de la Reserva Federal de EE. UU. también han tenido claros efectos globales. Por ejemplo, la política de endurecimiento monetario de Paul Volckera principios de la década de 1980 precipitó una crisis de deuda en los países en desarrollo, y la flexibilización cuantitativa iniciada bajo el mandato de Ben Bernanke acabó alimentando los flujos de capital hacia los mercados emergentes, lo que sustentó un alto crecimiento en la década de 2000.
Pero podría decirse que el mercantilismo chino ha tenido consecuencias aún más trascendentales que cualquiera de estos episodios. Si no se ha reconocido como tal, es porque no ha sido un hecho aislado, sino más bien una fuerza más persistente que a menudo se confunde con los resultados de crecimiento de China en un sentido más amplio. El sesgo latente que lleva a los analistas a situar a Estados Unidos en el centro de la economía mundial ha hecho que muchos pasen por alto hasta qué punto el mercantilismo chino ha cambiado las reglas del juego, tanto en lo que respecta a los bienes públicos globales como a los males públicos globales.
En el lado de los activos del balance, destacan tres aspectos. El primero es la contribución del mercantilismo chino a la «Gran Moderación». Tras la elevada inflación de la década de 1970, la inflación mundial descendió y se mantuvo baja hasta la pandemia de la COVID-19. Si bien una política monetaria sólida y la independencia del banco central fueron factores importantes, fue el agresivo mercantilismo de China el que abasteció de forma constante al mundo con productos manufacturados a bajo precio. La baja inflación fue el resultado de una combinación entre el aumento sustancial de los precios de los servicios no comercializables, como la sanidad y la educación (donde el crecimiento de la productividad es más difícil de alcanzar), y la caída o el estancamiento de los precios de los bienes comercializables, gracias a China.
Sin la contribución de China, la labor de los responsables de los bancos centrales en las economías avanzadas habría sido mucho más difícil. Durante su mandato como gobernador del Banco de Inglaterra, Mark Carney solía hablar del impacto beneficioso de la «globalización» en la Gran Moderación. Pero el término «globalización» abstrae la verdadera fuente.
El segundo bien público mundial derivado del mercantilismo chino se refiere a la mitigación del cambio climático. La revolución de las energías renovables es, en su mayor parte, una revolución solar, y ha sido posible gracias al suministro de paneles solares chinos de bajo coste y, cada vez más, de baterías (que proporcionan energía cuando no brilla el sol).
Antes de la revolución solar, la política climática se encontraba estancada en el cálculo de las compensaciones: sacrificar el consumo actual mediante impuestos sobre el carbono a cambio de beneficios futuros en forma de reducción de emisiones. Dado que resultó imposible vender esa idea a un público centrado en el presente, los avances significativos en materia de cambio climático se estancaron en los países ricos. Pero ahora, el mercantilismo chino ha hecho que la reducción de emisiones sea compatible con el crecimiento y el dinamismo, poniendo la revolución de las energías renovables al alcance de todos los países. Es muy posible que las generaciones futuras agradezcan a China haber evitado, o al menos retrasado, consecuencias planetarias nefastas.
A esto le siguió un tercer beneficio. En gran parte del mundo en desarrollo, donde los sistemas eléctricos nacionales centralizados son disfuncionales, los paneles solares chinos baratos han ampliado el acceso a la energía. Aunque no son una solución permanente, los paneles solares y las baterías de fabricación china suponen una mejora sustancial con respecto a la situación actual para los pobres del mundo. En Pakistán, por ejemplo, la energía solar representa hasta una quinta parte de la electricidad suministrada por la red.
Pero ahora llegamos al lado del pasivo del balance. Como demostraron David Autor, David Dorn y Gordon Hanson hace una década, el primer «choque chino» aceleró la desindustrialización (sin ser la única causa) en zonas de Estados Unidos con gran relevancia política. Y ahora, un segundo «choque chino» está devastando el sector automovilístico alemán, del que depende el ecosistema industrial más amplio del país, formado por pequeñas y medianas empresas —el Mittelstand.
Además, podría decirse que un tercer “choque de China”, o lo que podría describirse con mayor precisión como una “presión”, ha tenido consecuencias aún mayores al frustrar las posibilidades de industrialización y desarrollo de una amplia gama de países de renta baja y media, tal y como muestra mi reciente trabajo con Shoumitro Chatterjee. A diferencia de los dos primeros choques, este ha sido menos visible. El impacto no se manifiesta en recortes de empleo o cierres de fábricas, sino más bien en forma de fábricas que nunca se construyeron, mercados de exportación a los que nunca se accedió, capacidades que nunca se acumularon y vías de desarrollo que nunca se abrieron. Ese es el verdadero coste de la presión de China.
Al cuantificar los determinantes del poder duro, mi libro de 2011, *Eclipse(Eclipse: Vivir a la sombra del dominio económico de China), predijo que el auge de China se produciría antes de lo que el mundo esperaba. Pero ni siquiera ese análisis tuvo en cuenta hasta qué punto el implacable mercantilismo de China influiría en el mundo, para bien y para mal. Haber sumido por sí sola a la potencia hegemónica mundial (Estados Unidos) en la inseguridad y la pérdida de poderío, al tiempo que ha devastado económicamente a la mayor potencia de Europa (Alemania), es un «logro» con pocos paralelos en la historia.
El mercantilismo chino ha contribuido más que la evolución económica de EE. UU. o las políticas de la Reserva Federal a cambiar el mundo en este milenio. Aunque la conmoción que está provocando Donald Trump podría resultar aún más trascendental en las próximas décadas, no tendrá ninguno de los beneficios redentores del modelo económico chino, sino solo desventajas hasta donde alcanza la vista. Copyright: Project Syndicate, 2026.
Arvind Subramanian es investigador principal del Instituto Peterson de Economía Internacional y coautor (junto con Devesh Kapur) de *A Sixth of Humanity: Independent India’s Development Odyssey* (HarperCollins India, 2025).


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